San Jacinto espérame







Desde una platabanda de la calle 4 con 7 del Ujano, un mestizo entre Labrador y pekinés ladraba calle abajo, sin entender demasiado tanta algarabía humana.

Nosotros a algunos metros de la tarima apurábamos las Pilsen sin compasión, mientras el CEPAS montaba sus cueros, la gente se asumía bailadores, coristas y soneros de esa fiesta improvisada de encrucijada de barrio.

una de las latas puesta en el filo de la pared de una casa anunciaba un pronto desenlace:  la división entre lo público y lo privado, como un hilo de poesía súbita. De un lado, el jardín descuidado y de grama amarilla de una señora que por el aroma y la imagen de una ventana se redimía ante tanta pobreza dorando arepas en un budare. Del otro lado la calle sucia y sepia, adornada esa noche por salsa, cohetones que lanzaban los carajitos como vísperas de diciembre y Carta Roja y Regional suturando la semana rebosante de ganar salario a punta de tragar humo en la 18, romperse la espalda en la línea de producción 8 horas diarias, esgrimir el 38 en las urbanizaciones acomodadas las madrugadas de los viernes, hacer las empanadas  a las 5 a.m. para que lleguen calientes a la caseta de vigilancia y esperar al camión del bloque Dearmas en la avenida madrugona para comprar las pacas de sucesos, internacionales, obituarios y demás vidas vicariales empaquetadas en papel periódico.


Me enjugé la boca con el último sorbo y devolví la lata a su zona en reclamación. Desde la tarima nos llamaban, era nuestro turno en el acto y estábamos retrasados. Recogimos instrumentos de mano y nos fuimos hasta allá.

Uno de los muchachos bateó aquella lata con el mástil del bajo

cayó, pero pactamos entre los siete para nunca decir de qué lado.


¿quién nos conoce?




  

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