Agua Viva espérame




Me subí el cierre del pantalón y volví a la acera. Es curioso cómo pasas de ser una sombra total a volverte una imagen más en medio de tanta gente. Era saltar de una soledad a otra.

Quién sabe cuántos meados pisé mientras orinaba en esa esquina de la 24. Me pongo a pensar, ¿cómo no doler a la gente, cómo no llorarlos y reírlos si hemos compartido intimidades tan jodidamente intrusorias como un charco amarillo común entre todos nosotros, un charco hecho de lo más puro de nuestras entrañas?

Me reí un poco, me saqué el vicerroy que tenía en la oreja y lo prendí. Al frente se dibujaba entre salsa y cocuy el Balcón Colonial, lleno de siluetas, historias hilvanadas a medianoche lubricadas por sudor y asfalto, cada cuál en su tribu improvisada.

Y en la acera tú: despelucada,  borracha y perfecta, con media sonrisa tatuada en la cara. Un puño te sostenía la mandíbula mientras mirabas los carros pasar. Ray Barreto empezó a descargar en el Long Play que ponían dentro y tú te levantaste y me halaste del brazo. Me dijiste que no fuera marico cuando intenté resistirme al entender tu intención de ponerme a bailar, que no me escapaba.  Que yo soy músico chica y nosotros no bailamos lo que tocamos, te decía, pero tú me mirabas y me meneabas más duro. Terminé dando los pasos, haciendo las vueltas, tocando percusiones improvisadas con mi franela sudada y mis manos: Durante los seis minutos y pico de ese Canto Abacua pertenecimos, tú y yo. Fuimos el otro, los demás, los lugares, el cocuy, el se oye el repique del tambor, el linóleo manchado, el sudor, la tela, la noche,


Yo ya nos conozco a todos.


No hay comentarios: